jueves, 25 de junio de 2009

D-E-C-E-S-O
De como la muerte nos abruma y nos empapa de temor, de como la sorpresa y el fin se fusionan, nos transtornan utilizando cualquier pretexto cardiáco, canceroso, automovilístico, diabético, nefasto en realidad. De eso quiero hablar hoy, porque analice que siempre que fallecé alguién, mi mente no tiene los recursos necesarios para sentir el deceso real de ellas, lo posiciono como algo ficticio, ajeno al mundo presente. Me hace sentir consternada cuando llega de sorpresa, sin nadie que la llame, y mi mirada comienza a perderse, a esfumarse, que se yo. Y no es que no lo sienta, tal vez solo quiero creer que la muerte funciona como un pacto con la naturaleza humana, un ir y devenir de cuerpos que solo son eso, cuerpos, por que las almas se quedan en memorias, se quedan en el pecho anidadas como pequeños pedazos de vida que nos hacen sentir más esa escencia de los seres perdidos. Yo tengo muchos recuerdos, son olores, son sabores, son juegos, es la tierra mojada, las leyendas, el agua fría con la que regaba cada una de las plantas. Y quiero por eso siempre quedarme con memorias, porque la muerte me sigue siendo tan dolorosamente sorprendente que no podría acercarme a un cuerpo frío y pesado, lleno de contrastantes y múltiples gestos pálidos que arruinan lo más sublime de mis recuerdos.

Escribiendo ilusiones

Llovió, relampagueó, tembló mi cuerpo y se mojo. Traté de verte entre las gotas de agua y los rayos de fé y no lo logré, ahora estoy sentada en una silla casi rota y sin respaldo, pensando y pensando... Ni si quiera te conozco, te alucino, te beso, te rompo en abrazos, te llamo amor a cada minuto de mis vagos sueños instanténeos y ni si quiera te conozco. Estoy escribiendote porque anhelo conocerte y respirarte, quiero que seas mi ispiración, la fuerza que me rompa en pedazos el alma, que me llene de emoción, que palpite mi razón. Hoy me siento ser sonambulo, sentimentalmente loca, desvariada y con muchas ganas de romper en llanto si me miras. Necesito tu música en mi piel, tus acordes en mis dedos, tu tonada en mi vientre, te extraño tanto sin conocerte. Quiero salir a la ventana y gritarte con tu nombre en mi lengua y de ahí saborearte, aunque no estés. Siento querer tantas cosas contigo, y quiero sentir tantas cosas por ti, que pretendo hacer una búsqueda intencionalmente inconciente, tal vés así apareces, como algo momentáneo como una casualidad del destino que planeó reunirnos en un punto exacto, ambos con mucha sed de bebernos, como si fuesemos extraños que chocan un día cualquiera, con el pretexto más incoherente que pueden inventar los locos del amor.

lunes, 15 de junio de 2009

Noche de grillos amantes


Hoy solo escucho el canto de los grillos allá, afuera, y recuento tu nombre como si fuera algo infinito, de esas cosas que no se acaban por mucho que las uses, por mucho que las quieras y las escondas en tus vagos pensamientos. Tu día es mi noche, por que hoy vida normal no tengo, la perdi en algún lugar misterioso de tus palabras, de tus miradas, esas que me aniquilaban y me rompian de vez en cuando. Mis piernas bailan y siguen a la media noche hasta donde llega tu olor, olor a cartera nueva, la que guardabas en tu pantalón, extraño ese olor y lo pienso y lo vuelvo a sentir y también siento enloquecer y volverme una loca por ti otra vez. Esta noche divago mucho y no ando en calle, ando en sueños, clandestinos por supuesto, de esos que tu ni idea tienes, de esos que solo los grillos cantan conmigo.

Complicidad conyugal

" Terminaron por conocerse tanto, que antes de los treinta años de casados eran como un mismo ser dividido, y se sentían incómodos por la frecuencia con la que se adivinaban el pensamiento sin proponérselo, o por el accidente ridículo de que el uno se anticipara en público a lo que el otro iba a decir. Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías reciprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron mas conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad. La vida había de depararles todavía otras pruebas mortales, por supuesto, pero ya no importaba: estaban en la otra orilla. "
El amor en los tiempos del cólera (fragmento)
Gabriel García Marquéz